La Coctelera

La oportunidad que reside en cada crisis…


José Juan Romero, miembro de ETEA (Institución Universitaria de la Compañía de Jesús), comparte con nosotros su reflexión acerca de la oportunidad que reside en cada crisis en general y en la que atraviesa el mundo hoy en día en particular.

Todos hemos oído alguna vez que los chinos utilizan la misma palabra para designar los conceptos de crisis y oportunidad. Según parece, a la hora de escribirla, el último ideograma de "crisis" es el primero para "oportunidad" y viceversa. Lo que quieren decir, en el fondo, es que en toda crisis hay una oportunidad; depende de cómo se mire. Crisis, además, etimológicamente, viene del griego "separar", "cribar", o sea de someter a juicio, de pasar por el cedazo las cosas y quedarse solamente con lo que merece la pena. En cada crisis hay una oportunidad y, mientras más profunda sea la crisis, más importante y mejor puede resultar la oportunidad. Sólo que algunos no lo ven.

Esta crisis gigantesca, calificada paradójicamente por algunos de "tormenta perfecta", nos debería servir, al menos, para ver mejor, para ver más claro; para descentralizar nuestra mirada de nuestros problemas estrictamente individuales y nacionales; para tener una mirada global; para darnos cuenta de que nuestras crisis locales (por ejemplo, el desempleo que crece peligrosamente) no se entienden si no se sitúan en una perspectiva mundial.

Pero hay más; sin hacer demagogia, ni caer en simplificaciones porque esta crisis nos afecta a todos, y a nadie conviene, a nadie beneficia; tampoco a los pobres. La crisis nos está proporcionando un "curso intensivo" de lucidez. Nos permite descubrir, con asombro, hasta qué punto la codicia, la avaricia y el egoísmo de los ricos causan estragos provocando este enorme crack financiero. Nos permite también ver cuán rápidamente reaccionan "los mercados globales" al pánico de perder ganancias, pero también a las medidas mancomunadas y extraordinariamente generosas de los gobiernos del mundo.

Esta crisis nos deja estupefactos al constatar cuán eficaz sea el "miedo global" a la bancarrota financiera para movilizar un caudal ingente de recursos y de esfuerzos políticos de concertación; son tantos los millones que se movilizan (¿o son billones?) que no podemos menos que comparar con las exiguas cantidades dedicadas a las políticas -urgentes donde las haya- para luchar contra la pobreza que atenaza a los millones de desheredados del planeta y alcanzar el cumplimiento de los modestos Objetivos del Milenio. También la pobreza da miedo, miedo global, pero los pobres están acostumbrados; su crisis es la de siempre, un "tsunami silencioso" al que estamos habituados. Y las reacciones de solidaridad que provocan son tan lentas...

Seamos positivos. No hay mal que por bien no venga. Soñemos con que esta crisis nos hará abrir un poco los ojos haciendo estas inevitables comparaciones. Soñemos con que también habrá abierto muchos ojos a la necesidad de introducir un poco más de ética y un poco más de responsabilidad social en el comportamiento de la economía mundial.

Recordamos estas cosas en vísperas de la celebración de la Navidad, cuyo verdadero protagonista no debería ser el consumo y el derroche, sino el recuerdo vivo de Aquel que -entre otras cosas provocadoras- dijo: "no se puede servir a Dios y al dinero".

José Juan Romero SJ, es miembro de ETEA.

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